El CORAZON DE LAS ROSAS Capitulo 4, El origen de la mafia rusa.

Llegamos a Volgogrado en enero, cuando la nieve llegaba a las rodillas. Por la mañana, que para nosotros los ecuatorianos en Ecuador eran las 06:00, cuando sale el sol, allá el sol salía a las 10 am., pues para las 4pm. el sol desaparecía, se veía en las calles unos tractores que limpiaban la nieve, y ponían sal. Esa sal luego oxidaba los vehículos. De las cornisas de las casas colgaban unas puntas de hielo, de las que había que cuidarse pues nos dijeron que habían matado a persona cuando se desprendían. Para nosotros que veníamos de un país y de ciudades, donde las flores están por todas partes, al igual que las mariposas, los insectos, los pájaros, la hierba, las hojas en los arboles, aquel ambiente desolado, blanco, con unos árboles negros sin hojas, y una ciudad donde todos los edificios y las casas parecían iguales nos parecía una ambiente casi fúnebre. Las personas en los buses y los trenes, en vista que no había taxis, estaban envueltos en abrigos, con gorras de piel, bufandas que les cubría la mitad de la cara, silenciosos, desinteresados, inmersos en libros cuando viajaban, o esperaban, haciendo colas para comprar, en un silencio misterioso, paciente, la mirada preocupada o triste, donde las sonrisas no habían ni en las cajeras de los almacenes o tiendas, que pasaban mirándose en un espejo mientras atendían a sus clientes. A las 5 de la tarde, Verónica y yo nos perdimos en el centro de Volgogrado, porque todo parecía igual. A los pocos minutos caminábamos en plena obscuridad, divisando a lo lejos unas luces lúgubres, de los postes, que parecían de las historias de Londres a comienzos del siglo XIX, en los tiempos de Jack el destripador. No había autos en las calles, ni personas, no podíamos saber donde estábamos porque a diferencia de Quito, que en cada esquina tiene el nombre de las calles, aquí no. Pasamos como dos horas hasta que llegamos al tren, que era en partes subterráneo, y partes no. Teníamos miedo de ser robados, porque los extranjeros se habían convertido en presa favorita de los ladrones. Cuando necesitábamos cambiar dólares, teníamos que ir a la calle, donde los mala facha, los rostros más grotescos, se escondían detrás de los abrigos de invierno y gorras. Todos los cambistas parecían bastardos hijos del diablo. Cuando les mostrábamos los billetes de 50 o 100 dólares parecían enloquecer. Nuestro compañero de Guayaquil, Segundo, se alejó del grupo, pues preferíamos ir en grupo a cambiar. Encontró un cambista que le ofrecía más. Cuando le mostró el billete de cien dólares, el cambista lo tomó y le dijo aquí tienes, le dio rublos por valor de 20 dólares, el resto es mío -le dijo como si fuera normal, con todo el cinismo- Segundo abrió los ojos, no sabíamos hablar en ruso, sino sólo pocas palabras, le clavo la mirada - ¡¡Le encendí las intensas !!- nos dijo - refiriéndose al abrir sus ojos -, pues como su padre era chofer de buses en Guayaquil, significaba que lo quería encandelillar con la mirada- "Ia colombinsky mafia", "Cartel de Medellín"!! (Yo, mafia colombiana, Cartel de Medellín!!) le dijo en ruso al cambista, de inmediato el cambista ladrón, palideció, le cambió los cien dólares, le abrazó.- "Niet problem, brath", osea "ningún problema hermano", le abrazó, le dió un beso en la mejilla y se marchó. En 1991, Pablo Escobar, el jefe del cartel de Medellín, era noticia. Había asesinado a Galán, el candidato a la presidencia de Colombia, al Fiscal General, quemó el Palacio de Justicia, derribó un avión de Avianca con 120 pasajeros, ponían bombas y destruía edificios, mataba, tenía una red de narcotráfico que había llegado a Rusia. Desde ese momento supimos que la mejor forma de protegernos, era decir que éramos colombianos mafiosos. Por suerte los rusos no sabían diferenciar entre los dialectos latinoamericanos y no podían reconocer la diferencia entre un ecuatoriano o un colombiano. Los cambista por lo general eran armenios, georgianos, chechenos, de ellos, los más peligrosos eran los chechenos, pues en el edificio de la residencia donde vivíamos también habían cambistas de la India y Vietnam, pero un día los chechenos llegaron a la habitación de uno de ellos, lo arrojaron por la ventana desde el séptimo piso, haciendo parecer que fue un suicidio. Los cambistas que no eran rusos, al igual que todos los que tenían negocios, tenía que pagar protección o "krisha", y si no pagaban, les robaban, golpeaban, o incluso los mataban. Las prostitutas, que por lo general trabajaban para ellos, y estaban en todos los bares como estudiantes, o jóvenes que se divertían, pues la prostitución era prohibida todavía, pero se camuflaban como bailarinas, estudiantes, etc.

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